El sexo

 

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Diferencias - El deseo - Estimular el deseo - Zonas erógenas - Frecuencia

Fantasías sexuales - Complejos - Virilidad


 

 Diferencias entre el hombre y la mujer


Según el filósofo francés Compte-Sponville "el hombre es capaz de amar para hacer el amor; la mujer es capaz de hacer el amor para ser amada". Esto define bastante bien nuestras diferencias.

Lo que hace que nos sintamos completos en nuestras relaciones sexuales, son nuestras diferencias. Cada uno completa al otro a partir de su diferencia.

La mujer necesita ser reconocida, elegida y amada como preámbulo a la relación sexual; esto no excluye que pueda hacer el amor por simple deseo, o con la secreta esperanza de ser amada. Espera su príncipe azul.

La mujer debe acoger en ella, en su intimidad. Todo su cuerpo acoge: las miradas, las palabras y tantos otros signos de reconocimiento, que harán, que se sienta elegida, admirada, reconocida y le permitirán sentirse amada y amarse.

El hombre siente un deseo instintivo, goza con lo visual, y desea la disponibilidad del otro y le encantaría ver gozar a su compañera porque esto daría sentido a su deseo, lo confirmaría, las palabras son menos importantes, el amor pasa a un segundo plano, esto no excluye el sentimiento en la relación, porque necesita ser acogido para darse plenamente.

Afortunadamente tanto la mujer como el hombre, aunque en cada uno de ellos predomina lo femenino en la mujer y lo masculino en el hombre, pueden, y de hecho poseen algo de femenino en él, y algo de masculino en ella. Esto facilita la comprensión por parte de los dos, enriquece el intercambio, y autoriza a cada uno de nosotros por una parte a recibirnos y por otra a darnos, gozar tanto de lo físico como de lo afectivo.

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 El deseo


Para que se establezca la relación sexual es necesario "un deseo". Un deseo toma origen en nosotros física o mentalmente (lo uno, lo otro, o los dos), y puede ser estimulado exteriormente a través de cualquiera de nuestros sentidos; o interiormente con nuestra imaginación o cualquiera de nuestras fantasías eróticas. Este deseo sexual, al que se llama, "libido" es tan importante como lo es el hambre para comer; por supuesto que se puede comer sin gana, pero hay que reconocer que es mejor con hambre. También se puede hacer el amor sin deseos, por golosina, o porque nos calma; en todo caso es preferible que el deseo esté presente en los dos, lo que no siempre es el caso. El deseo puede estar presente o ausente en cada uno de los dos, o en los dos, aunque en este último caso no supone ningún problema.

Hay muchas personas que piensan que su propio deseo va a estimular el deseo en el otro; pero no es necesariamente cierto; aunque, cuando nuestros deseos se despiertan y se orientan hacia el otro, nuestros gestos, ademanes, tono de voz, etc., se convierten en maniobra de estimulación del otro ("se nos ve el plumero"), y en muchos casos tiene el efecto contrario.

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 Estimular el deseo


El deseo se nos ofrece de manera caprichosa: no siempre, o más en uno que en el otro, más en unas épocas que en otras. Las razones son oscuras, pero los problemas, el estrés, el cansancio, la enfermedad, crisis pasajeras, problemas hormonales e incluso psicológicos pueden disminuir e incluso anular nuestros deseos.

Se trata de comunicar el propio deseo, para que sea oído y comprendido por el otro.

Buscar el momento más propicio o crear la situación, buscar momentos de tranquilidad, donde podamos abandonarnos más fácilmente. Nadie mejor que cada uno para saber como estimular al otro, y esto se aprende poco a poco, con confianza, entre confidencia y confidencia, entre observación y observación; con tacto e intuición. Acariciar su cuerpo, a su ritmo, con respeto y con sensualidad.

Hay mujeres que son capaces de estimular el deseo en el hombre con sólo su presencia, (tal vez porque el deseo ya está presente en el hombre) su cuerpo emite una gran cantidad de señales, que el hombre percibe inconscientemente, y aunque no sabría explicar el por qué, reconoce el deseo en ella (sobran las palabras) y es que el deseo es un lenguaje del cuerpo al cuerpo, donde una simple mirada puede decirlo todo.

Comprender, que las relaciones sexuales se tienen a dos; que utilizar al otro para obtener un placer personal, sin respetarlo, sin tener en cuenta sus deseos, se parece más a una masturbación que al amor, y puede ser vivido por el otro como una transgresión, una violencia parecida a una violación.

Evitar los reproches, que son un veneno mortal para los deseos; así como los gestos de disgusto y de rehúso, que deben ser explicados con el máximo de naturalidad posible.

El gran secreto de la relación sexual es la entrega y la comunicación emocional, cualquier cosa que nos impida entregarnos perturbará estas relaciones.

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 Zonas erógenas


Aunque al hombre se le atribuyen sus zonas erógenas alrededor de sus órganos genitales y a la mujer de forma más extensa: sexo, muslos, cuello, senos, etc.; las zonas erógenas se pueden cultivar como un "jardín". Pies, manos, orejas, labios, etc., cualquier parcela de nuestro cuerpo puede convertirse en zona erógena.

Con nuestras caricias creamos día a día nuevas zonas erógenas y descubrimos otras, aumentando la riqueza de nuestra intimidad. Nuestros cuerpos son un universo por descubrir; como un horizonte que retrocede a medida que avanzamos.

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 Frecuencia de las relaciones sexuales


¿Cuál es la frecuencia normal? Pregunta fácil, respuesta menos evidente. ¿Qué es "normal"? En una pareja, "normal" es lo que parece normal a los dos; de hecho no hay otra norma que la que la que aceptamos los dos. En el caso de las relaciones sexuales, no hay nada que imponerse. Hacer el amor no es ni una competición, ni un desafío, no se trata de coleccionar trofeos, ni de sentirse obligado a seguir una norma cualquiera, impuesta desde fuera.

Desde ninguna relación, hasta tres o cuatro veces al día (caso poco corriente), existen todas las posibilidades. Éstas dependen de la edad, el estado físico y emocional de cada uno, y de la circulación de los deseos entre los dos. Nuestros deseos son variables en el tiempo, más en una época que en otra, más en uno que en el otro; es posible que un día tengamos ganas de hacerlo dos o tres veces y luego durante una semana o un mes no tengamos ganas.

Con frecuencia oímos decir que el hombre tiene más deseos que la mujer, aquí tampoco hay norma, sino convencionalismos que hacen que muchos hombres se crean con la obligación de estar disponibles de manera permanente y que pongan todo su honor en ello. De la misma manera que hay mujeres, que se retienen porque creen que manifestar sus deseos no está bien visto (no se hace) o que entran en un juego en el que son ellas las que determinan cuando e incluso cómo, hasta el punto de privarse para conservar una posición de superioridad frente al otro: "querido, se lo que quieres y sólo te lo daré si me das lo que quiero", lo que equivale a comerciar con su cuerpo. Esto no es darse, sino venderse, y tiene muy poco que ver con el verdadero amor, en el que cada uno se ofrece al otro por deseo y por placer. Placer de dar y recibir.

Lo que si es posible aclarar es que la mujer se orienta más naturalmente hacia un hombre en concreto, de el que espera, ante todo el amor; mientras que el hombre se orienta de manera más "polígama" hacia varias mujeres, no necesita amar para hacer el amor, lo que no quiere decir que no ame a la mujer con la que vive; sino que sexo y sentimientos están más separados en él que en ella.

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 Fantasías sexuales


Un día de nuestra vida hemos asociado una situación, imagen, sonido, tacto, con una sensación sexual potente y las hemos interiorizado, (sobre todo si nos perturba); más tarde, tanto la situación, imagen, etc., como la sensación sexual pueden despertar al mismo tiempo. Pero si nuestro deseo sexual es cierto, todo el resto es imaginario y en muchos casos "arregladito" para que nos parezca más "aceptable", menos perturbador, en eso se parece a un sueño. La mayoría de estas asociaciones provienen de nuestra niñez, y conviene encontrar de que manera la hemos adquirido, aunque sólo sea para desdramatizar.

Una fantasía sexual funciona en gran parte como un sueño de carácter sexual y se construye de manera similar, pero somos conscientes de ellas. En el fondo ésta manifiesta más un simple deseo que se vería realizado en esa fantasía, que un deseo de realización de la fantasía misma; tomo como ejemplo la fantasía muy corriente en muchos hombres de hacer el amor con varias mujeres al mismo tiempo, en el fondo esconde el deseo de estos de ser deseados sexualmente, sin condiciones, sin complejos, lo que implica que ellas participasen de buen grado, por simple deseo.

La realización de esta fantasía tendría como resultado muy probable una decepción, porque por una parte es extremamente raro encontrar varias mujeres que desean hacer el amor con el mismo hombre y, al mismo tiempo, nuestro deseo no es hacer el amor con ellas, sino ser deseado, sin condiciones y sin complejos.

Por locas que puedan parecernos nuestras fantasías hay que asumirlas: nos pertenecen y son muy personales; parten de nosotros y se dirigen hacia nosotros, lo que puede cortarnos en nuestra relación con el otro. No es prudente comunicarlas de cualquier manera a nuestra pareja, que podría interpretar, que deseamos realizarlas con ella, lo que puede chocar ciertas sensibilidades y sobre todo, porque pueden ser mal interpretadas. Convendría intentar encontrar que deseo se esconde detrás de nuestras fantasías sexuales, no es fácil, pero vale la pena intentarlo, aunque sólo sea para conocernos mejor.

Una fantasía sexual es sólo "una fantasía", que puede cumplir una función de estimulación del deseo o de revelador de un deseo profundo; pero que no exige de nosotros su realización. Como decía Sigmund Freud: "la realización del acto no nos libera de la fantasía sexual; una fantasía sexual sólo se libera con otra fantasía sexual".

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 Complejos


¿Quien no ha tenido dudas sobre la longitud de su sexo? ¿Quien no ha dudado de su capacidad para hacer gozar a su compañero? ¿Voy a eyacular demasiado pronto? ¿Soy sexualmente normal? Detrás de cada complejo se esconde un miedo: miedo a no estar a la altura de las circunstancias, a decepcionar, a no ser "normal", a ser rechazado.

Hay que decir que la talla no es proporcional al placer. Que lo importante no es el instrumento sino lo que se hace con él. Que todo lo que nos frena frente al otro, parte de nosotros mismos. Que el placer es responsabilidad de cada uno, y no del otro: no se puede culpar a nadie de nuestra ineptitud para alcanzar el placer, todo lo que puede impedirnos alcanzar éste es problema nuestro, somos nosotros los que no lo alcanzamos. Tal vez no seamos capaces de abandonarnos suficientemente o de guiar al otro; en todo caso la adjudicarnos la culpa es un falso problema, que emana de nosotros mismos. Entre dos personas que se aman, el placer que siente cada uno libera al otro del sentimiento de responsabilidad frente al placer del otro y nos "autoriza" a tomarnos el nuestro.

Todos nuestros miedos, (que provienen en gran parte de nuestra educación), se manifiestan en nosotros como frenos a nuestro necesario abandono. Así, una persona a la que se le ha educado en el sentimiento de que todos los hombres son iguales y que sólo piensan en eso (eso significando "sexo"), cualquier acercamiento en el terreno sexual se convertirá en sentimiento negativo que hay que evitar. Es difícil en estas condiciones una entrega total. Por ello, infinidad de mujeres, por miedo a parecer ligeras, se prohíben dejarse llevar por sus deseos, temiendo ser percibidas negativamente. La confianza en estos casos es vital; el hecho de ser consciente de que nuestro compañero nos ama y desea nuestro bien, de que nos acepta tal y como somos debería ser suficiente, para superar todos esos miedos.

En muchas ocasiones mostrar su cuerpo al otro, tal y como es, nos sumerge en un sentimiento de vergüenza, de miedo: "qué pensará de mí". Nuestro cuerpo no debería enseñarse, mostrarse, y es que desde pequeños nos explican que "hay que taparse", "que se te ve…", "que las hay que van enseñando todo, las descaradas", todas estas frases nos empujan a esconder nuestro cuerpo, a escondernos, taparnos, apagar la luz; a convertir nuestro cuerpo "nosotros" en algo vergonzoso. Curiosamente seríamos capaces de ir a una playa nudista y extendernos al sol, desnudos y sin complejos. ¿Por qué no dejar que la persona que amamos nos invada con el sol de su mirada?

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 Virilidad


En todo hombre existe una potencialidad animal medio inconsciente (muchas veces reprimida) que nos empuja hacia la vida. Es nuestra fuerza vital, la fuerza que nos hace sentir potentes en todos los sentidos y que se pone de manifiesto, entre otras cosas, con nuestra virilidad. Nuestra virilidad no es sólo sexual sino que es una posición frente a la vida.

Hace sólo cincuenta años no era raro oír decir a una mujer: "es que mi marido es un machote", con cierto tono de orgullo. Hoy las cosas han cambiado, hoy se oye decir: "es que mi marido es muy animal" con cierto tono despectivo. Pero en el fondo y aunque a muchas mujeres les cueste reconocerlo prefieren un hombre viril "un machote" que un apocado falto de virilidad.

Un hombre viril sería el que fuese capaz de vivir una relación sexual de "macho" en el buen sentido de la palabra (para no confundirlo con el machista que tiende a menospreciar a la mujer) lo que implica una cierta crudeza en nuestras relaciones sexuales: penetramos a la "hembra" y su sentimiento, a veces poco confesable, de sentirse "hembra" lo obtiene cuando es penetrada por un "macho", el suyo, su hombre.

Este aspecto de las relación sexual puede chocar y sorprender porque da la impresión de una relación desprovista de sentimientos, pero esta potencialidad masculina es innegable, es una realidad que nos sobrepasa, que nos viene de lo más arcaico que hay en nosotros: nuestra animalidad.

Es inútil intentar reprimir estos impulsos de vida, este tan mal llamado "animal" que duerme en nosotros, es preferible reconocerlo y amaestarlo, un hombre viril no es un bruto sino un potente. Esta animalidad es una fuerza vital que nos construye, y que puede destruirnos si intentamos reprimirla o no podemos controlarla.

Hay que osar liberar nuestro deseo, tal y como es, sin ornamentos, pero siempre respetando al otro.

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